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Archive for 26 mayo 2011

ENTRE JAMÁS Y HAMAS

El gobierno de Benjamín Netanyahu ha desperdiciado dos años para avanzar en negociaciones con el primer liderazgo serio y eficiente que han tenido los palestinos desde la fundación de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en 1964.  

Por años fue comprensible el escepticismo de los israelíes ante la posibilidad real de coexistir en el Medio Oriente tras años de atentados suicidas contra sus civiles por parte de la Autoridad Palestina (AP) mientras estuvo gobernada por Yasser Arafat (1993-2004), quien hablaba de paz pero promovía la guerra, y tras el  retiro de Israel del Líbano, en 2000 y de Gaza en, 2005, que en lugar de traer tranquilidad a sus ciudades del norte y del sur, desató frecuentes bombardeos y ataques de los grupos islamistas Hezbolah y Hamas, respectivamente.

Sin embargo, la ruptura del grupo moderado de la OLP, el Fatah, del radical islamista Hamas, que en 2007 hizo un golpe de Estado en Gaza, hizo que el presidente de la AP, Mahmoud Abbas, junto a su Primer Ministro, Salam Fayyad, generaran una nueva realidad de estabilidad y prosperidad en Cisjordania que los palestinos no habían gozado bajo el imperio turco, británico, el reinado de Jordania y la ocupación israelí. Fayyad, un economista y profesor universitario que trabajó en Fondo Monetario Internacional, aceptó el reto de crear la infraestructura para una futura Palestina independiente presentando un plan de gobierno en 2009 que estimula la separación de poderes, una economía de mercado, la construcción de colegios, hospitales, bancos, etc. y ha creado un estado de facto que también ha sido sumamente eficaz en desmantelar y apresar a miembros de grupos violentos palestinos.

 Abbas y Fayyad

“El Fayyadismo”, como lo definen varios analistas, ha transformado a Cisjordania en un territorio que ahora puede exhibir al mundo tal estabilidad y progreso, hace casi imposible que la mayoría de las naciones se puedan oponer a la proclamación simbólica del estado palestino que se hará en la ONU en septiembre.

El gobierno de Netanyahu perdió un precioso momento histórico, no porque sea extremista (si bien una minoría de sus miembros lo son), sino porque sus ambiciones de poder y las de muchos de sus ministros, han creado una situación en la cual el Primer Ministro no se atreve a tomar riesgos – como lo hicieron Rabin, Peres y Barak  en el pasado – para intentar un doloroso pero realista acuerdo final con Abbas. Por otra parte, el acuerdo entre Fatah y Hamas de intentar restaurar un gobierno de unidad nacional en Cisjordania y Gaza, si bien es celebrado por la mayoría de los palestinos, otorga una excusa a Netanyahu para no negociar puesto que Hamas expresa un tajante jamás al derecho de Israel a existir y justifica al terrorismo como instrumento legítimo de lucha.

   Niños de Hamas

La maniobra palestina del acuerdo Hamas-Fatah ha hecho que la mayoría de los israelíes concientice que los  “jamás” de Netanyahu impidieron un acuerdo importante para iniciar el estado palestino en una moderada Cisjordania, pero si Abbas y Fayyad quieren hacer un jaque mate diplomático tendrán que obligar a Hamas a reconocer a Israel y abandone las armas, puesto que de lo contrario, no solo corren el riesgo de que el grupo islamista revierta sus logros, sino también, de que imponga la violencia.

Recomiendo leer los siguientes artículos:

His Life Mission by Aluf Benn in:

http://www.haaretz.com/weekend/week-s-end/his-life-s-mission-1.362977

¿Palestina Soberana? por  Moises Naím (Abril 25, 2011)

http://www.moisesnaim.com/it/node/414

 Bibi´s Bluster by Fareed Zakaria in Newsweek International

http://www.newsweek.com/2010/03/18/bibi-s-bluster.html

Hamas division?

http://www.haaretz.com/news/diplomacy-defense/palestinian-unity-deal-exposes-divisions-in-hamas-leadership-1.364021

 The israeli reality that Obama does not understand by Merav Michaeli

http://www.haaretz.com/print-edition/opinion/the-israeli-reality-that-obama-doesn-t-understand-1.363442

Netanyahu peace´s stand is runing Israel into a wall

http://www.haaretz.com/print-edition/opinion/netanyahu-s-peace-stance-is-running-israel-into-a-wall-1.364109

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A continuación, de la página web de la Facultad de Comunicación Social de la UPC, en Lima, trabajos de algunos de mis estudiantes del curso de Análisis Internacional que allí enseño.

Entre a este link y haga click en donde está indicado:

http://fcomunicaciones.wordpress.com/2011/05/19/mapa-de-articulos-periodisticos-de-analisis-internacional/

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NI UNA IMAGÉN NI MIL PALABRAS

               En las escuelas de Comunicación Social se repite mucho el famoso refrán chino de que “una imagen vale más que mil palabras” (en su original es “una imagen puede expresarse en diez mil palabras”); pero en un mundo de programas de computación sofisticados con los cuales es muy fácil hacer montajes fotográficos y fílmicos esta frase pierde vigencia, pues como lo demuestran famosos casos de fotomontajes, no podemos confiarnos en lo que vemos. El siglo 21 ha impuesto como nunca la cultura de la imagen, pero a la vez, la del escepticismo.

            Valga esta reflexión por la exigencia que hacen algunos  al gobierno de Estados Unidos para que muestre las fotografías del cadáver de Osama Bin Laden y así creer si realmente fue ubicado y ejecutado por sus comandos, o de lo contario, asumen que se trata de un truco demagógico para subirle la popularidad a Barack Obama, a quien por cierto, aun le falta casi año y medio para medirse en las próximas elecciones presidenciales.   Seguramente, de haber mostrado imágenes de un Bin Laden desangrado, los mismos que critican la falta de evidencia visual de su muerte hubiesen dicho – como en el caso de la filmación y divulgación de fotos del ahorcamiento de Saddam Husein – que se trata de una muestra de la arrogancia y la falta de sensibilidad de la potencia norteamericana hacia el mundo árabe y musulmán. Como suele ocurrir, Estados Unidos, para sus detractores a tiempo completo, es culpable por acción o por omisión, de casi todo lo que ocurre en el mundo.

            Con todos sus defectos, Obama y sus políticas centristas (que no pueden ser más de izquierda dado el fuerte poder del partido republicano, lobistas y corporaciones), es uno de los presidentes que más se ha cuidado de no imponer la hegemonía estadounidense a toda costa: negoció con la ONU, La Liga Árabe, la Unión Africana y la OTAN para las operaciones militares en Libia y ha delegado en Francia y Gran Bretaña el liderazgo en ese conflicto; permite que sea China el gran mediador del conflicto entre las dos Coreas; estimuló que Brasil fuera el país que intercediera para conseguir una salida a la crisis de Honduras y ante la torpeza de la diplomacia de Lula al recibir en su embajada al derrocado ex presidente Zelaya, se buscó la mediación de Oscar Arias; y con Rusia, ha accedido a desmantelar el proyecto de misiles estratégicos en Polonia y el País Checo a cambio de colaboración para enfrentar al régimen iraní que busca, y no para fines pacíficos, la manipulación del átomo.

            Hay mucho que criticar a Obama, y sobre todo, su fracaso en cerrar la prisión de Guantanamo, si bien la responsabilidad es compartida por gobiernos europeos que la critican y se niegan a recibir a sus presos, y si bien decretó el fin del uso de torturas, queda pendiente cumplir la promesa de acabar con esta zona de excepción en la más extrema ilegalidad.  Y sin embargo – y si no hubiese embargo estadounidense al imperio de los Castro – el gobierno de Obama tiene el merito de, no solo haber cumplido con ubicar y atrapar “vivo o muerto” a Bin Laden, sino también, como escribió recientemente el politólogo y humorista venezolano Laureano Márquez en su artículo “Evasión”, de haberlo hallado, curiosamente, porque “no tenía ni celular, ni teléfono, ni Facebook, ni cuenta de Twitter, ni correa electrónico”.

            ¡Que ironía y contradicción para nuestro mundo tecnológico en donde las imágenes suplantan a la reflexión hasta el punto en que no se cree en nada si no lo vemos, y tampoco sí lo vemos!

 

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Muerte de Bin Laden no debilitará a Al Qaeda

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FRIVOLIDAD ANACRÓNICA Y PERVERSIDAD CRÓNICA

               Ariel Segal

                El despliegue informativo y el interés global por el matrimonio de un príncipe en Londres, la beatificación de Juan Pablo II y la muerte de Bin Laden, en una época veloz, alienante y tecnológica que  apenas nos permite adaptarnos a los cambios actuales, otorga una buena excusa para discurrir sobre el estilo de vida de nuestro siglo que nos arroja del paraíso del conocimiento reflexivo hacia un mundo de muchas noticias y poquísima contextualización.

                Luce paradójico y anacrónico que un evento social de una familia real europea, y otro religioso realizado por la única institución que sobrevivió al imperio romano antiguo, ya convertido al catolicismo – la Iglesia Apostólica Romana – haga que millones de personas de nuestra generación supuestamente racional, post-moderna y evolucionada, siga  apasionadamente acontecimientos procedentes del Medioevo. Por lo visto aquella premisa de que el ser humano es un animal de costumbres tiene un asidero aun en nuestros tiempos de ciencia e ideologías, puesto que todos necesitamos evadirnos, en mayor o menor grado, de nuestras realidades cotidianas y supuestas certezas. Es ésta, la única respuesta “disponible” a  quienes han sido implacables en despotricar en contra del exhibicionismo material y hasta frívolo, en los actuales eventos de Londres y el Vaticano por considerarlos como  grotescos ante el  contraste de la cruenta realidad de miseria que sufren la mayoría de los habitantes del planeta.

                Y tienen razón los que critican este desbalance de prioridades en un mundo groseramente desigual y pleno de indiferencia ante el dolor de los demás, pero este tipo de debates, lamentablemente, no conducen, como nunca lo han hecho, a nada. Los más epicúreos dirán que hágase lo que se haga, no se puede cambiar la realidad y por ende, no van a abstenerse de los placeres de la vida por aquellos que no los puedan disfrutar, mientras que los más sensibles pedirán un mínimo de discreción y si se puede, caridad hacia los más necesitados  ¡Eso sí! Todos discutiendo en los mismos cafés, restaurantes y clubes a los que pertenecen y la vida seguirá su curso como si nada o hasta que la Historia, con un movimiento social o un tirano populista, los alcancé cuando ya sea tarde para ellos.

                Si bien la noticia más importante del pasado fin de semana fue la muerte de Bin Laden – quien mentalmente vivía en la Cruzadas medievales – a manos de un comando estadounidense, pienso que la más escalofriante fue la del reporte que recibió la ONU sobre las órdenes de Gadafi para que sus tropas tomen Viagra y se estimulen para violar a mujeres de los rebeldes al régimen. La violencia sexual ha sido un instrumento de guerra de larga data histórica, y fue utilizada por imperios en casi todos los siglos, pero en tiempos recientes, se dio en la ex-Yugoslavia cuando el régimen serbio de Milosevic, deliberadamente, mandó a violar a musulmanas de Bosnia y Kosovo, puesto que eso condena a las mujeres de esa religión a un estatus de pérdida de dignidad.  Ahora, se utiliza la violación como arma de guerra, nada más y nada menos, con la iniciativa de un dictador musulmán contra gente de su propia religión y país.

                Es curioso que a Daniel Ortega, por ejemplo,  le indignara la boda real porque “sus símbolos y sus manos están manchadas de sangre mientras se bombardean en Libia a los pueblos” y no se inmutara porque Gadafi –  amigo de su entorno de “revolucionarios” anacrónicos – use la moderna Viagra para los viejísimos métodos perversos de destruir física y moralmente a sus compatriotas. Lo mismo se podría decir de un personaje que pensaba que continuaba Las Cruzadas de la era medieval con tecnología digital como Osama Bin Laden, quien no solo atemorizó a occidente, sino también, a millones de musulmanes moderados a quienes su organización, Al Qaeda, considera “herejes”.

                En nuestra realidad de relativismo moral, mejor el inocuo despliegue anacrónico de unos reyes y sacerdotes que la patología crónica de delirantes tiranos y fanáticos como Gadafi y Bin Laden.     

                AL ESCRIBIR ESTAS REFLEXIONES RECORDÉ UN FRAGMENTO DE LA NOVELA DE MILAN KUNDERA, “LA INMORTALIDAD” SOBRE LA PREVALENCIA DE LA IMAGEN SOBRE EL FONDO. LO COMPARTO CON MIS LECTORES:

 El presidente norteamericano Jimmy Carter siempre me cayó simpático, pero fue casi amor lo que sentí por él cuando lo vi en la televisión en chándal corriendo con un grupo de colaboradores suyos, entrenadores y gorilas; de pronto se le empezó a cubrir la frente de sudor, su cara se contrajo en un espasmo, los demás corredores se inclinaron hacia él, lo cogieron y lo sostuvieron: era un pequeño ataque al corazón. El jogging debía haberse convertido en una oportunidad para exhibir ante la nación la eterna juventud del presidente. Por eso se había invitado a las cámaras y no fue culpa suya si, en lugar de un atleta pletórico de salud, tuvieron que exhibir a un hombre envejecido que tiene mala suerte. El hombre ansía ser inmortal, y la cámara un buen día nos enseña su boca estirada en un triste gesto como lo único que recordamos de él, lo que nos queda de él como parábola de toda su vida. Entra en una inmortalidad que denominamos ridícula.

Tycho Brahe fue un gran astrónomo, pero hoy sólo sabemos de él que durante una cena de gala en la corte imperial de Praga le dio reparo salir para ir al retrete, de modo que se le reventó la vejiga y salió para unirse a los inmortales ridículos como mártir del pudor y la orina. Fue a reunirse con ellos al igual que Christiane Goethe, convertida por los siglos de los siglos en una morcilla rabiosa que muerde. No hay novelista a quien quiera más que Robert Musil. Murió una mañana mientras levantaba pesas. Cuando las levanto yo, controlo angustiado el pulso de mi corazón y tengo miedo de morir, porque morir con una pesa en la mano como mi adorado autor sería un acto digno de un epígono tan increíble, tan enloquecido, tan fanático, que inmediatamente me aseguraría una inmortalidad ridícula.

Imaginemos que en tiempos del emperador Rodolfo existieran ya las cámaras (esas que hicieron inmortal a Carter) y que filmaran el banquete en la corte imperial durante el cual Tycho Brahe se revolvía en su silla, se ponía pálido, cruzaba las piernas y ponía los ojos en blanco. Si además hubiera sido consciente de que le veían varios millones de espectadores, sus padecimientos seguramente habrían aumentado aún más y la risa, que resuena por los pasillos de su inmortalidad, sonaría aún más alta. El pueblo pediría seguramente que la película sobre el famoso astrónomo, que se avergüenza de orinar, se emitiese todos los años por Año Nuevo, cuando la gente quiere reírse y no suele tener de qué. Esta idea despierta en mí un interrogante: ¿cambia el carácter de la inmortalidad en la época de las cámaras? No dudo al responder: en esencia no, porque el objetivo fotográfico ya estaba aquí mucho antes de ser descubierto; estaba aquí como su propia esencia no materializada. Aunque no la enfocase objetivo alguno, la gente ya se comportaba como si la estuvieran fotografiando.

Alrededor de Goethe nunca pululó una bandada de fotógrafos, pero pululaban a su alrededor las sombras de los fotógrafos arrojadas hacia él desde las profundidades del futuro. Así fue por ejemplo durante su famosa audiencia con Napoleón. Aquella vez, en la cumbre de su fama, el emperador de los franceses reunió en la conferencia de Erfurt a todos los soberanos europeos que debían dar su asentimiento a la división del poder entre él y el zar de los rusos. En este sentido Napoleón era un verdadero francés y no le bastaba para su satisfacción con enviar a la muerte a cientos de miles de personas, quería además ser admirado por los escritores. Le preguntó a su asesor cultural quiénes eran las autoridades espirituales de la Alemania de entonces y se enteró de que era ante todo un tal señor Goethe. ¡Goethe! Napoleón se dio un golpe en la frente. ¡El autor de Los sufrimientos del joven Werther!  Cuando estaba en la campaña de Egipto comprobó que sus oficiales leían ese libro. Como lo conocía, se enfadó muchísimo. Reprendió a los oficiales por leer semejantes tonterías sentimentales y les prohibió de una vez para siempre leer novelas. ¡Cualquier novela! ¡Que lean libros de historia, son mucho más útiles! Pero esta vez, satisfecho de saber quién era Goethe, decidió invitarlo. Lo hizo incluso de buen grado, porque los asesores le informaron que Goethe era famoso sobre todo como autor teatral. A diferencia de la novela, Napoleón apreciaba el teatro, porque le recordaba las batallas. Y como él mismo era uno de los principales autores de batallas además de un director de escena insuperable, estaba en lo más profundo de su alma convencido de que era al mismo tiempo el mayor poeta trágico de todos los tiempos, mayor que Sófocles, mayor que Shakespeare.

El asesor cultural era un hombre competente pero con frecuencia se confundía. Goethe, en efecto, se dedicaba mucho al teatro, pero su fama tenía poco que ver con eso. El asesor de Napoleón lo confundía seguramente con Schiller. Y como Schiller estaba muy unido a Goethe, al fin y al cabo no era un error tan tremendo unir a ambos amigos en un solo poeta; es posible incluso que el asesor haya actuado conscientemente, guiado por una elogiable intención didáctica, al crear para Napoleón una síntesis del clasicismo alemán en la figura  Cuando Goethe (sin intuir que era Schilloethe) recibió la invitación, comprendió en seguida que debía aceptarla. Le faltaba exactamente un año para cumplir los sesenta. La muerte se acercaba y con la muerte la inmortalidad (porque, como dije, la muerte y la inmortalidad forman una pareja indivisible, más hermosa que Marx y Engels, que Romeo y Julieta, que Laurel y Hardy), y Goethe no podía tomarse a la ligera una invitación para una audiencia con un inmortal. Aunque estaba entonces muy ocupado con su ensayo La teoría de los colores, que consideraba la cumbre de su obra, abandonó su mesa de trabajo y fue a Erfurt, donde se produjo el 2 de octubre de 1808 el inolvidable encuentro entre el guerrero inmortal y el poeta inmortal.

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Rodeado por las inquietas sombras de los fotógrafos, Goethe sube por una ancha escalera. Lo acompaña un ayudante de Napoleón, lo conduce por otras escaleras y otros pasillos hasta un gran salón al fondo del cual, junto a una mesa redonda, Napoleón está sentado y desayuna. A su alrededor se mueven hombres de uniforme que le dan noticias a las que él responde mientras mastica. Al cabo de varios minutos el ayudante se atreve a enseñarle a Goethe, que permanece inmóvil de pie a cierta distancia. Napoleón lo mira y se mete la mano derecha debajo del chaleco, de modo que la palma de su mano toque la última costilla izquierda. (Antes lo hacía porque sufría de dolores de estómago, pero más tarde le gustó aquel gesto y recurría automáticamente a él cuando veía a su alrededor a los fotógrafos.) Traga rápidamente un bocado (¡no es bueno ser fotografiado mientras el rostro se deforma por la masticación, porque los periódicos tienen la maldad de publicar precisamente ese tipo de fotos!) y dice en voz alta, p ara que todos lo oigan: « ¡He aquí un hombre!».Esa breve frase es precisamente lo que hoy se llama en Francia una  petite phrase, o sea «una frasecita».

Los políticos pronuncian largos discursos en los que repiten una y otra vez lo mismo sin el menor pudor, sabiendo que da exactamente igual que se repitan o no, porque el público de todos modos sólo se enterará de ese par de frases que los periodistas citarán de sus discursos. Para facilitarles el trabajo y orientarlos un tanto, los políticos introducen en sus discursos cada vez más idénticos una o dos frases cortas que hasta ese momento no habían dicho, lo cual es en sí mismo tan inesperado e impresionante que la «frasecita» se hace inmediatamente famosa. El arte de la política no consiste hoy en guiar a la polis  (ésta se guía sola por la lógica de su oscuro e incontrolable mecanismo), sino en inventar petites phrases, a tenor de las cuales el político será visto e interpretado, plebiscitado en los sondeos de opinión pública y también elegido o no elegido en las siguientes elecciones.

Goethe aún no conoce la expresión petite phrase, pero, como sabemos, las cosas existen en su esencia antes aun de haberse realizado y denominado materialmente. Goethe comprende que lo que acaba de decir Napoleón es una magnífica petite phrase que les vendrá estupendamente a ambos. Está satisfecho y se acerca un paso más hacia la mesa de Napoleón. Pueden decir ustedes lo que quieran sobre la inmortalidad de los poetas, pero los guerreros son aún más inmortales, de modo que con pleno derecho es Napoleón quien le hace las preguntas a Goethe y no al revés. « ¿Cuántos años tiene?», le pregunta. «Sesenta», responde Goethe. «Para esa edad tiene muy buen aspecto», dice Napoleón con admiración (tiene veinte años menos) y Goethe se siente satisfecho. Cuando tenía cincuenta era tremendamente gordo, tenía papada y le daba lo mismo. Pero a medida que avanzaban los años pensaba cada vez más en la muerte y sedaba cuenta de que no podía entrar en la inmortalidad con una horrible tripa. Por eso decidió adelgazar y pronto se convirtió en un hombre delgado que, aunque ya no era bello, podía al menos despertar el recuerdo de su antigua belleza. « ¿Está casado?», le pregunta Napoleón lleno de sincero interés. «Sí», responde Goethe y hace al decirlo uní breve inclinación. « ¿Y tiene hijos?» «Un hijo.» En ese momento se inclina hacia Napoleón un general y le comunica una noticia importante. Napoleón se pone a pensar. Saca la mano del chaleco, pincha un trozo de carne con el tenedor, se lo lleva a la boca (esta escena ya no se fotografía) y responde masticando.

Al cabo de un rato se acuerda de Goethe. Lleno de sincero interés le hace una pregunta: « ¿Está casado?». «Sí», responde Goethe y hace al decirlo una breve inclinación. « ¿Y tiene hijos?» «Un hijo», responde Goethe. « ¿Y Carlos Augusto?», pronuncia de pronto Napoleón el nombre del soberano de Goethe, príncipe del Estado de Weimar, a quien por el tono de la voz se nota que no aprecia. Goethe no puede hablar mal de su señor, pero tampoco puede enfrentarse al inmortal, así que esquiva con diplomacia la cuestión y sólo dice que Carlos Augusto ha hecho mucho por la ciencia y el arte. La referencia a la ciencia y el arte se convierte para el inmortal guerrero en una oportunidad para dejar de masticar, levantarse de la mesa, meter la mano dentro del chaleco, dar un par de pasos en dirección al poeta y ponerse a hablar con él de teatro. En ese momento comienza a murmurar la invisible bandada de fotógrafos, los aparatos empiezan a disparar y el guerrero, que se llevó al poeta a un lado para hablar en confianza, tiene que elevar la voz para que lo oigan todos los que están en el salón. Le propone a Goethe que escriba una obra de teatro sobre la conferencia de Erfurt, que por fin garantizará paz y felicidad a la humanidad. « ¡El teatro», dice luego en voz muy alta, «debería convertirse en una escuela para el pueblo!» (Ya es la segunda hermosa petite phrase destinada a aparecer al día siguiente como gran titular de extensos artículos en los periódicos.) « ¡Y sería estupendo», añade en voz más baja, «que le dedicara usted la obra al zar Alejandro!» (¡Porque de eso se trataba en la conferencia de Erfurt! ¡A ése era a quién Napoleón necesitaba conquistar!) Después le obsequia a Schilloethe con una breve conferencia sobre literatura, durante la cual es interrumpido por las noticias que le dan sus ayudantes y pierde el hilo de sus ideas. Para volver a encontrarlo repite dos veces más, sin conexión ni convicción, las palabras «teatro, escuela del pueblo» y después (sí, por fin encontró el hilo) hace referencia a La muerte de César, de Voltaire. A juicio de Napoleón se trata de un ejemplo de cómo un poeta dramático pierde la oportunidad de convertirse en maestro del pueblo. Tenía que haber mostrado en la obra cómo el gran guerrero trabajaba para el bien de la humanidad y cómo la brevedad del tiempo que le fue dado vivir fue la única causa de que no hubiera podido realizar sus intenciones. Las últimas palabras han sido melancólicas y el guerrero mira al poeta a los ojos: « ¡He aquí un gran tema para usted!».Pero vuelven a interrumpirle. Al salón han entrado algunos oficiales de alta graduación, Napoleón saca la mano de debajo del chaleco, se sienta a la mesa, pincha un trozo de carne con el tenedor y mastica mientras oye las noticias. Las sombras de los fotógrafos han desaparecido del salón. Goethe echa una mirada a su alrededor. Observa los cuadros en las paredes. Después se acerca al ayudante que lo ha acompañado y le pregunta si debe considerar que la audiencia ha terminado. El ayudante asiente, el tenedor de Napoleón lleva a la boca un trozo de carne y Goethe se aleja…

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