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Archive for 25 noviembre 2013

FILIPINAS, SU COMPLEJIDAD Y UNA ADVERTENCIA

La primera vez que el país que hoy conocemos como Filipinas fue explorado por europeos  ocurrió en 1520 con una expedición del portugués Fernando de Magallanes, al servicio de la corona española, quien denominó a las únicas dos islas en las que desembarcó como «Islas del Poniente» y «San Lázaro», pero fue un hispano, Ruy López de Villalobos, quien décadas después, en polémica con otros navegantes, las bautizó con el nombre “Islas Felipinas” en honor al sucesor del trono de España de ese entonces, el Príncipe de Asturias Felipe II.

Los viajes de Magallanes, incluyendo lo que hoy son las islas de Filipinas.

Con el tiempo, durante las guerras hispano-norteamericanas, para cuando Estados Unidos la coloniza, el país (del cual finalmente se independiza en 1946),  adquiere su actual nombre de Filipinas.

Filipinas es un país con una larga historia de azotes de la naturaleza y convulsiones políticas, es un archipiélago en el Pacífico, con más de 7000 islas, lo cual hace sumamente complicado gobernar y tener acceso a sus, aproximadamente 90 millones de habitantes, amén de ser sumamente heterogéneo en grupos étnicos, culturales y religiosos (incluso hay una región autónoma musulmana llamada Isla de Mindanao).

Gobernado por el cruel dictador Ferdinand Marcos desde 1965 hasta 1986 cuando tras un fraude el pueblo se levantó contra su tiranía, a partir de entonces ha vivido en una democracia estable inaugurada por Corazón Aquino y desde el 2010, su hijo, Benigno “Nonoy” Aquino, quien sucede a otra presidente, Gloria Macapagal-Arroyo.

Benigno, Corazón y Nonoy Aquino, tres generaciones de una dinastía política.

Es complejo para los líderes filipinos ayudar a las victimas e indigentes del tifón Hayián en un archipiélago tan grande y con problemas comunicación entre las islas. Es por eso que la ayuda internacional era imprescindible e inexcusable la tardanza para su llegada, pero también son muy acertadas la recientes palabras del secretario general de la ONU Ban Ki-moon al calificar este  tifón es una advertencia al mundo entero sobre los efectos del cambio climático, que la mayoría de las naciones industrializadas no terminan de aceptar como el problema global a mediano o largo alcance y que coloca una deja a la humanidad bajo una espada de Damocles.

Se entiende que muchos gobiernos en su lucha por mejorar las condiciones de vida de sus propios ciudadanos defiendan sus intereses nacionales (y partidarios) más que los del planeta y que algunos se aferren a científicos que aducen que la mayoría de los cambios que estamos presenciando en la naturaleza (deshielo de glaciares, calentamiento global, etc.), sean consecuencia de etapas cíclicas  que ocurren en el planeta, pero aun si fuera el caso (teoría muy cuestionada por la mayoría de la comunidad científica internacional), nunca está de más lo que el ser humano pueda contribuir para reducir la contaminación, el aumento de la capa de ozono en la atmósfera y tantos otros problemas que, sin dudas, son agravados por nosotros, los  tripulantes de La Tierra.

 

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PODEROSO PUTIN

Putin desplazó a Barack Obama como la persona más poderosa del mundo según la revista Forbes, cuestión que tiene mucho sentido al plantear cómo se mide el “poder” cuándo se trata de comparar a mandatarios de sistemas democráticos con dictatoriales, y se incluye también a empresarios, líderes religiosos y hasta criminales.

“Forbes” plantea cuatro criterios  para su encuesta y éstos no lucen aplicables para personas con cargos tan disimiles. Las pautas son: el poder que ejerce una persona sobre otra (¿es lo mismo para un político o para el Papa que para un empresario o un traficante de drogas?); el dinero que maneja (¿cómo gerente público o para su propio bolsillo?), la cantidad de esferas en la que es poderosa (Obama lo es como líder de la mayor superpotencia bélica del planeta, pero no puede imponerse sobre grupo congresal que le pone trabas para pasar su reforma de salud y su plan de legalización de inmigrantes, a diferencia del número tres de la lista, el chino, Xi Jinping, quien lidera sin mayor contrapoder al país “capitalista -comunista”” – ¡que oxímoron!-  más poderoso del mundo), y finalmente, cómo los candidatos manejan activamente su poder.

Es en este último criterio la revista parece acertar al colocar a Vladimir Putin en el primer puesto ya que el autócrata ruso goza de ilimitado poder, sea tras bambalinas – cuando gobernó como primer ministro en un en enroque con Medvedev – o cuando retornó a la presidencia.  El ex director de la KGB soviética ha convertido a Rusia en un estado cada vez más represivo, en donde disidentes políticos como el ajedrecista Kasparov son intimidados o encarcelados; personas con información sobre masacres como las que Putin ordenó en Chechenia en 2000 son asesinados (casos Anna Politkóvskaya, ametrallada en 2005, el ex espía Aleksander Litvinenko envenenado con polonio en 2006, etc.), e incluso,  integrantes del irreverente grupo femenino punk-rockero, Pussy Riot, cumplen condenas de cárcel por denunciar su ventajismo electoral y censura a otros partidos políticos.

Putin representado como un Zar. De la web: http://www.fotolog.com/eloygarg/38289538/

“Forbes” acertó con Putin.

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EN BUSQUEDA DE LA FELICIDAD

A propósito Nicolás Maduro y su creencia de que  la felicidad se puede decretar (en este caso con un “viceministerio para la felicidad” en Venezuela), vale la pena repasar la evolución del concepto de felicidad como principio y objetivo político.

Desde la antigüedad filósofos como Aristóteles propusieron que la felicidad  no solo es una aspiración personal, sino también, a la cual se podía aspirar colectivamente si todos los ciudadanos ejercían la virtud. Contrario a él, los seguidores de las escuelas del estoicismo y el cinismo, la comprendían como el logro de ser autosuficientes, por lo cual, la búsqueda de la felicidad  no debía estar en manos de quienes manejaban el poder, cuestión coincidente con las filosofías orientales, en las cuales también era una asunto de aspirar a la paz interna.

Por muchos siglos, el catolicismo propagó la idea de la felicidad luego de la muerte y no fue hasta el surgimiento de los movimientos protestantes, luego la Revolución Industrial, y el surgimiento del pensamiento humanista y liberal que esta percepción cambió.

En el siglo 17 el pensador inglés John Locke introduce el concepto de felicidad como objetivo que deben promover los gobernantes al facilitar a los individuos el derecho a la propiedad y de producir ganancias para su bienestar. Tiempo después Rousseau y Voltaire la analizan en términos más abstractos como un derecho a ser promovido por los gobernantes, pero es en la Declaración de los Derechos del Hombre – cuando se proclama la independencia de Estados Unidos, en 1776, –  cuando Thomas Jefferson incluye “la búsqueda de la felicidad”, junto a la libertad y la vida, como verdades “evidentes por sí mismas”, derechos inalienables de los hombres. Años después los revolucionarios franceses, en la Declaración de los Derechos del Ciudadano (1789), hacen énfasis en la igualdad, libertad y fraternidad, pero ese documento también establece el “derecho a la felicidad de todos”.

Por supuesto, estos principios, inicialmente no fueron aplicados para todos los seres humanos  hasta siglos después, porque como diría Orwell,  “algunos más iguales que otros” por mucho tiempo más.

En nuestros tiempos, la felicidad entendida como la satisfacción material, instantánea, de poder, prestigio y placer, es la que predomina en el mundo pero hay consenso en que se trata un equilibrio entre la satisfacción de las necesidades básicas del hombre junto a una mayor espiritualidad y acceso al conocimiento.

Un gobierno eficiente, que genere riqueza, garantice la libertad individual y busque la justicia social, puede promover la felicidad, pero ese no es el caso en donde un presidente cree poder decretarla.

Quino nos recuerda a través de Mafalda que no hay un solo modelo de felicidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

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UN VIAJE, UN LIBRO

El libro que elegí para que me acompañará a mi reciente viaje a Venezuela fue el fascinante “Castellio contra Calvino: Conciencia contra Violencia” de Stefan Zweig, el escritor judío alemán que sufrió discriminación, persecución y optó por el exilio, antes de que el nazismo entrara en su etapa más sangrienta contra su pueblo. Ante estas experiencias Zweig escribió varias obras sobre el totalitarismo, la intolerancia y la sumisión de las masas ante figuras mesiánicas y autócratas.

 

Desconocía que Calvino fue un tirano cuando los líderes de Ginebra, prácticamente, le entregaron el poder de la ciudad para que “la purificara en base a su visión fanática del protestantismo”, y que logró transformar un “Estado de miles de ciudadanos hasta entonces libres, en una férrea maquinaria de obediencia capaz de exterminar cualquier iniciativa, de impedir cualquier libertad de pensamiento en beneficio de su doctrina exclusiva”.

Como ocurre con los autócratas más poderosos de la historia, la mayoría de los intelectuales de la época evitaron enfrentarlo como Erasmo de Róterdam, Rebeláis y Montaigne, quien a lo máximo, fueron ambiguos en sus sutiles referencias contra Calvino. Solo el teólogo Sebastián Castellio se atrevió a confrontarlo frontalmente.  La obra de Zweig es plena en reflexiones muy vigentes para las dictaduras (con o sin elecciones) de hoy, y se centra en los debates entre Calvino y Castellio por el caso del juicio y sentencia a la hoguera de Miguel Servet, un español que también cuestionó la doctrina religiosa del caudillo de Ginebra.

Herejes del calvinismo quemados en la hoguera.

Estando en Venezuela, me estremecieron frases como ésta: “El desencanto inequívoco (al régimen de Calvino), está en marcha: la resistencia se extiende cada vez con mayor fuerza y en círculos cada vez más amplios. Pero por suerte para Calvino, sólo se extiende, no se reúne, pues en eso consiste la ventaja temporal de una dictadura, lo que asegura su dominio cuando hace ya tiempo que numéricamente se encuentra en minoría: el que su voluntad militarizada aparece cerrando filas y organizada, mientras que la contraria procede de distintos frentes y obra por distintos motivos…”

Lo importante, para Zweig, es que en Ginebra y en toda Suiza, no prevaleció en el futuro la visión tiránica de Calvino, sino la pluralista de Castellio, y esa es la esperanza que tengo para “la pequeña Venecia”.

 

Stefan Zweig.

               

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